jueves, 25 de mayo de 2017

Mi estrella inmortal



¡Oh mi querida estrella! te fuiste para nunca volver,
 dejándome sola en este mar de incertidumbre y angustia. 
Todos los rincones están impregnados de tu esencia,
siempre eterno en mi pensamiento estará tu ser 
¡Oh mi querida estrella! sé que soy egoísta pero no puedo, no quiero dejarte ir. 
Recuerdo como me arropabas y como tus suaves labios besaban mi frente antes de dormir.


El último amanecer



Los rayos del sol apenas son destellos reflejados en la ventana. Él yacía en la cama; sentía la caricia de su mano en su rostro, la mano de su amor verdadero. Su respiración era cada vez más pausada; ella agarró con fuerza su mano y notaba como su luz se apagaba lentamente. Su cuerpo se tornó frío como el mármol: el cáncer se había cobrado una vida más.



Miedos

¡No! Ahí está otra vez esa horripilante criatura sobre el alfeizar de la ventana, mirándome con esos sanguinarios ojos. ¿Qué quieres de mí? ¿Acaso has venido a matarme? Un terror paralizante se apodera de mi cuerpo. No puedo más que esconderme entre las sabanas de mi cama y esperar a que esa cosa se vaya. Sé muy bien que no se va a ir, es un engendro de la noche, sediento de sangre y ha encontrado su festín. Todo es silencio, solo se oye las ramitas de los árboles golpear mi ventana. Me armo de valor con la esperanza de que ya no esté. Aparto las mantas de mi cara con cuidado, muy despacio. Y ahí siguen esos enormes y brillantes ojos verdes, esas endemoniadas pupilas rasgadas. ¡Oh! ¿Y qué me dices de ese detestable pelaje negro azabache? En mi cabeza resuenan las palabras de mi sabia madre: - Si un gato negro te encuentras alguna vez, huye y no mires atrás, pues es el siervo del demonio. Le hago caso, salgo despavorido de mi habitación. Bajo las escaleras raudo y escucho a mi espalda un maullido aterrador. Giro la cabeza y veo que esa cosa me sigue, me tropiezo y ruedo por los peldaños. Un segundo maullido me alerta, me levanto de inmediato y cruzo la carretera. Dos luces brillantes se precipitan hacia mí con gran velocidad y de pronto escucho un fuerte: ¡CRASH! Y veo la rueda del coche, el acelerador. Siento que mi corazón bombea más lento, que la vida se me escapa de las manos y entonces veo un túnel largo y oscuro. Noto como mi luz se aleja por ese túnel y me apago.





Que el miedo no te ciegue, mira siempre al cruzar.