lunes, 12 de octubre de 2015

La vida de Karina

¡Hola lectores! Les presento otros de los relatos que escribí hará algún tiempo. En él trato de expresar la dureza de la misma vida.

El viento zarandeaba mi ropa mientras corría para que mi hermana Adela no me alcanzara. Mi madre estaba vigilando de cerca, atendiendo a la ropa que se amontonaba en la pila. Mamá dejó su labor cuando llegó un hombre larguirucho que llevaba uniforme, quien le entregó una carta. 
Conforme mamá la iba leyendo sus ojos se inundaban de lágrimas. Al verla, mi hermana y yo nos acercamos a ella. Mamá se secó las lágrimas y entró en la casa sin mediar palabra.
Al rato, apareció mi tía Emilia y el resto de mis familiares como si se tratase de una reunión. Me resultó extraño, porque no era un día especial. Todos entraron al salón menos Adela, Guillermo y yo, ya que no nos dejaron. ¡Claro, como somos los pequeños nos dejan al margen! ¡Que injusticia!- pensé. Adela sujetaba a Guillermo en sus brazos, acunándolo suavemente mientras yo ponía la oreja detrás de la puerta, intentando escuchar. Más tarde, mis hermanos mayores, Rodrigo y Emilio, salieron llorando. Emilia se acercó a Adela y a mí, diciéndonos con voz suave: – Niñas, vuestro padre... - le interrumpí inmediatamente, preguntándole:  ¿Cuándo viene?- pero ella bajó la mirada y prosiguió – Él no va a venir, querida. Está en el cielo.
Pensé que se trataba de una cruel broma, ¡no podía creerlo! ¿Acaso no volvería a verle? Esperé su llegada, pero hacía semanas que se fue, así que comprendí que no volvería.
Mi madre no daba abasto con los gastos y tareas de la casa a pesar de que mis hermanos y yo contribuíamos en lo posible. Así que mi tía Emilia nos acogió en su casa, nos vistió y alimentó. Le estoy muy agradecida por ello, pero la convivencia cada vez era más difícil pues Emilia culpaba a mi madre por la muerte de mi padre, la insultaba, humillaba y la obligaba a hacer  tareas. Muchas noches escuchaba como ambas discutían y gritaban, incluso oía golpes. Casualmente, al día siguiente, mi madre aparecía con un nuevo moratón.
Un día mamá desapareció y no volví a saber de ella. Según dijo mi tía, nos abandonó. El tema de conversación predilecto de Emilia, cada día, era lo irresponsable que era mamá. La convivencia no fue a mejor porque cuando mis hermanos empezaron a trabajar, Emilia les reclamaba su paga, alegando que ella les había acogido y ese dinero le pertenecía. Mis hermanos fueron abandonando la vivienda y casándose, hasta que sólo quedamos Adela, Guillermo y yo.
Poco después, Emilia presentó a Adela un hombre estirado y serio que pedía su mano. Se casaron, aunque no por voluntad de Adela. Mientras, yo seguía sin poder escapar de Emilia, pues todos los pretendientes que se acercaban, ella los echaba. Mi confinamiento terminó con su muerte y, aunque sabía que por fin era libre, ese día me sentí triste. A pesar de que me hiciera la vida imposible, no puedo negar el hecho se que me acogió y alimentó cuando más la necesitaba. 
Conseguí hacer mi vida, casarme y tener hijos.

Una historia en unos tiempos muy díficiles, en los que la hija menor tenía el deber de no casarse y cuidar de sus padres.

¿Habéis perdido el juicio?

¡Hola lectores! este es un relato histórico que escribí hace mucho tiempo, sé que no es gran cosa pero en él, trato de encarnar la dura etapa de la Inquisición. Quizás las descripciones no sean demasiado extensas pero esto se debe a que he considerado de mayor importancia otros aspectos. Espero que disfruten la lectura, gracias.

Así comienza...
La luna se reflejaba en el cristalino río que rodeaba la gran ciudad, las antorchas rasgaron la oscuridad y el silencio fue interrumpido por los gritos de una muchedumbre enfurecida que llevaba en sus manos cuchillos, antorchas y horcas. El gentío perseguía a una joven de no mas de dieciséis años, cuyo rostro se encontraba desencajado por el pánico, su cabello castaño ondeaba con el ajetreo del viento. Ella seguía corriendo pero su trayecto fue cerrado por un tramo incendiado y la multitud se aproximó hasta acorralarla.
De repente, Mary se despertó con todo el rostro repleto de sudor y el pelo enmarañado. Se incorporó, fijó sus ojos de color miel sobre la ventana y vio a su hermano Elric. Se trataba de un muchacho de cabello rubio y ojos azules que portaba una cota de malla, grebas, brazales y una espada con funda atada a su cadera. Así que Mary se apresuró a ponerse un vestido que le llegaba a los tobillos, de mangas largas y ajustadas, y salió en su búsqueda tan rápido que le faltó poco para golpearse la pierna con una mesita. Cuando llegó a la entrada vio a su hermano, le saludó cordialmente y le preguntó: - ¿Que tal te ha ido? ¿me has traído lo que te pedí?-. Entonces Elric asintió, sacó de su bolsa un libro y se lo dio.
No era propio de una mujer leer en aquella época pero, afortunadamente, su padre fue un noble de prestigio que le enseñó. Mary aprendió gracias a su madre distintos conocimientos de medicina, hierbas y ungüentos. A pesar de la muerte de sus padres, los dos hermanos siguieron subsistiendo gracias a las actividades de la muchacha como curandera. Elric estaba mas tiempo a las afueras de la ciudad ocupado con sus escaramuzas que en casa y no llevaba mucho dinero a la vivienda.
Así que Mary se vio obligada a valerse por si misma si quería subsistir pues a pesar de su título como noble, sus padres les dejaron más deudas que fortuna.
Como todos los días, Mary se dirigió al centro de la ciudad para prestar sus oraciones a Dios en la Gran Catedral de San Pablo. Ésta se conocía en aquella época como una de las catedrales de mayor longitud y altitud de toda Europa. En sus muros destacaban unos grandes ventanales decorados con vidrieras de colores. En cuanto a una de las torres, se hallaba rematada por la aguja aproximadamente de unos 140 metros de altura.
Mary se disponía a entrar en la catedral cuando vio al padre Thomas que se acercaba a saludarla. Éste al enterarse del éxito de la joven como curandera, le pidió como favor que curase a su hermana, la cual padecía una enfermedad que ningún médico era capaz de detectar. Ella aceptó, así que Thomas le acompañó e indicó el camino para llegar hasta donde se encontraba su hermana: una casa ubicada en la parte este de la ciudad. El cura abrió la puerta y empujó a Mary al interior de la casa, ella se quedó tirada en el suelo sin poder reaccionar. Entonces el padre Thomas le dijo:
-Hace tiempo que te amo.
-¿Ha perdido el juicio?- contestó la muchacha asustada -Es un sacerdote y su deber está con Dios.
Thomas no le contestó sino que se acercó a ella para besarla. Mary se asustó, le apartó y salió de la casa. Corrió confusa hasta llegar a su casa sin mediar palabra con nadie, y se echó en la cama, guardando en su interior lo que acababa de ocurrir.
A la mañana siguiente, alguien golpeó la puerta, Mary abrió pensando que se trataba de algún cliente. Pero se trataba de unos guardias que la llevaron presa. Elric había salido esa mañana así que no se enteró hasta pasada la tarde de que su hermana estaba prisionera por falsas acusaciones. Los ciudadanos acusaron a Mary de todos los males de la ciudad como la esterilidad de los campos, muerte de ganado, las enfermedades de los ciudadanos ... Incluso las personas a las que Mary había ayudado se pronunciaron para acusarla de brujería. El padre Thomas afirmó haber visto a la joven realizar sacrificios al Demonio. Después de las múltiples acusaciones se procedió a un interrogatorio, en el que Mary se declaró inocente. No obstante, los guardias, no contentos con su respuesta, le sometieron a métodos de tortura, tales como el potro y la rueda. Ella soportó las torturas esperanzada a que se probase su inocencia. Por último, la sometieron a una última tortura que consistía en sumergirla en un pozo de agua y sacarla hasta que confesase. Mary estuvo a punto de morir ahogada dos veces. Llego un momento en el que sentía sus fuerzas desvanecidas e hizo una confesión falsa. Prefería morir a seguir sufriendo las múltiples torturas.
El Juez dictó que la acusada sería condenada a muerte en la hoguera dentro de tres días por brujería y servir al Demonio.
El frío y la humedad de la celda le hacía tiritar, su cuerpo se perdía en la oscuridad, apenas podía ver sus propias manos. No parecía correr ni un ápice de aire y se comenzaba a sentir mareada y desorientada. Llevaba dos días incomunicada en aquel calabozo y echaba de menos a Elric. Aunque no tanto como los rayos de sol acariciando su piel o sentir el tacto del césped en sus pies descalzos.
Estaba sentada y pensativa en el suelo de la mazmorra, cuando su atención fue captada por el sonido de pasos y luces de antorchas que se acercaban a su celda. Mary siguió sentada aunque dirigiendo su mirada hacia los barrotes. La silueta se iba acercando poco a poco, se trataba de un par de soldados.
-Probablemente vendrán a traerme la cena- Pensó, dirigiendo la mirada hacia el suelo.
Pero una voz que le resultaba conocida susurró: - tranquila, Mary - alzó la mirada y se dio cuenta de que uno de los soldados era su hermano - Ya venimos en tu ayuda.
Entonces el otro soldado, llamado Jan, abrió la celda y ayudó a Mary a ponerse de pie. Ambos lograron sacar a Mary, burlando a los pocos guardias que habían.
Se dirigieron al norte en busca de un lugar en el que vivir aunque su persecución no hacía mas que empezar.

Autora: Vanessa Hita Mejías.